Un paseo por Tepoztlán y la pirámide escondida
Una vez visitado lo grande me dio curiosidad de visitar lo chico, así que me puse a buscar las opciones para “pueblear” un poco y al mismo tiempo visitar un sitio arqueológico chiquito.
2 de abril de 2012Giulia Angeletti | México DF
Siempre me ha fascinado la cultura prehispánica. Su historia y las leyendas de emperadores y dioses con nombres impronunciables para mí. Desde Italia ya conocía las pirámides de Teotihuacan por su reputación. Pero sabía que México estaba súper lleno por todas partes de sitios arquelógicos y de pueblos que siguen hablando un idioma indígena.
Una vez visitado lo grande (las pirámides de Teotihuacan), me dio curiosidad de visitar lo chico (la pirámide escondida), así que me puse a buscar las opciones para “pueblear” un poco y al mismo tiempo visitar un sitio arqueológico chiquito.
Esta vez fue una amiga belga que me indicó el camino. Una tarde me la encontré en un café y me habló con bellas palabras del pueblo de Tepoztlán, Morelos, en donde podría satisfacer mi inquietud “arqueologuera” visitando un sitio chiquito que se encontraba hasta la cumbre de un cerro boscoso. Convencí a otras dos amigas a seguirme en la aventura, y nos lanzamos a la aventura un soleado sábado de noviembre.
Llegamos a Tepoztlán a buena hora. Los gallos todavía cantaban y las pocas personas que pasaban por las calles, estaban todavía bostezando de sueño. De la terminal de autobuses, caminamos por una bajadita hasta llegar al pueblo verdadero, Tepoztlán, el “lugar del hacha de cobre”, según su nombre náhuatl. Por toda la ruta rumbo al pueblo me pregunté por qué los antepasados del lugar escogieron este nombre. De hachas no vi ni una.
Seguimos la avenida principal. Las calles eran de piedritas y la banqueta estaba demasiado chica para caminar las tres, así que tomamos la calle, y con toda la tranquilidad del mundo, llegamos hasta la plaza principal. Ahí estaba esperando un buey gigantesco parado cerca de los taxis. Nos miró con indiferencia, y regresó pronto a echar la hueva esperando a su dueño.
En la plaza se estaba armando un mercado y estaba lleno de señoras que levantaban sus puestos y que empezaban a freír toda suerte de cosas. Se levantó en el aire un olorcito de frito que nos abrió el estomago y que nos indujo en tentación.
Llenada la panza, preguntamos por el famoso cerro Tepozteco, y el señor, al cual preguntamos, nos lo indicó con un dedo puntando hacia el cielo, y nos dijo la enigmática frase: “va a estar duro”. Efectivamente, desde la plaza principal se veía de frente un cerro verde, que se imponía majestuoso y que resaltaba frente al cielo azul limpio. Allí tenía que encontrarse la famosa pirámide de la cual me habían hablado tanto.
Después de dos horas de caminada, con el sol que nos estaba quemando la cara y los pies que estaban empezando a doler adentro de los zapatos, entendimos que éramos caminadoras de banquetas. Pero llegamos a la cima, con fe más que nada. El último tramo me pareció el más complicado. Después de una escalera de metal toda vieja, venía la subida más dura de todo, y al final de ésta, apareció un señor que nos dijo que no podríamos pasar si no pagábamos el peaje. Es verdad que te cobran en los lugares más inesperados.
Pagamos lo que nos tocaba y entramos en el Parque arqueológico, que no era otra cosa que la cumbre del cerro. Apenas tuvimos tiempo de admirar la estupenda vista cuando se nos acercaron rápido unos animalitos bien raros: eran un cruce entre una ardilla y una mofeta, negros y blancos y con un naricita a punta muy chistosa. El señor que nos cobró dijo que se trataba de tejones. La verdad me olvidé pronto de su nombre para apodarlos como "los animalitos molestones". De hecho se pegaron a las piernas y a la mochila de una de mis amigas y no la dejaron hasta el final.
Tejones a parte, nos dirigimos hacia la pirámide por la cual llegamos. Estaba de un lado y estaba bien chiquita, pero aun así, daba una impresión de majestuosidad porque dominaba el valle completo. A los pies de la pirámide estaba una explicación que la describía como “La pirámide del Tepozteco, dedicada Ometochtli-Tepoztécatl, uno de los dioses del pulque, la fecundidad y la cosecha”. Mi amiga, evidentemente borracha, se tomó en serio esta explicación, y bautizó la pirámide en honor del dios del pulque.
Nos quedamos un buen rato a meditar alrededor de la escencia de la vida, allí, arriba de la Pirámide del pulque, con los tejones que seguían persiguiendo la mochila de mi amiga, y con el valle a nuestros pies. Ahora no nos importaba la fatiga, el esfuerzo y el camino, ya sabíamos que todo eso merecía la pena.
Cosas que ver:
- Pirámide de Tepozteco;
- Ex-convento de la Natividad;
- Tiendas de hippies y de esoterismo;
- Mercado del centro;
- Carnaval de Tepoztlán en febrero.
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